El Espantapájaros

Como la memoria es frágil, es bueno escribir... además la web aguanta todo, hasta las peores cosas capaces de salir de la mente humana.

Mi foto
Nombre: Lia
Ubicación: Santiago, Chile

miércoles, febrero 22, 2006

Volando por mi mente...

Eran las 11 de la noche, y un chico llamado Harry Potter estaba leyendo en su cuarto. Esto no tendría nada de particular, si no fuera porque el libro que leía el chico se llamaba “Quidditch a través de los tiempos” y los protagonistas de las fotografías de éste se movían en su interior. Esto se debía a que Harry Potter era un mago, y en el mundo mágico, las fotografías se mueven. En Septiembre iniciaría su sexto año en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Eso explicaba el total desorden de pesados y enigmáticos libros, caldero, botellas y cajas de todos los tamaños conteniendo las cosas más curiosas, y por supuesto, la gran jaula que contenía una lechuza.

Pero aquel era un día especial. Dentro de una hora cumpliría 16 años, aunque no esperaba con gran emoción aquel momento. Harry vivía en casa de sus tíos y su primo, pero no había exceso de amor familiar entre ellos. A decir verdad, sus tíos y primo habían pasado por alto la totalidad de sus cumpleaños, que eran por lo demás durante las vacaciones de verano. Conforme pasaba la hora, Harry suponía que sus mejores amigos del colegio Ron Weasley y Hermione Granger le habían enviado regalos, los que recibiría en un rato, lo mismo que Hagrid, Guardián de las Llaves y Terrenos de Hogwarts (el nombre de su colegio), que siempre le enviaba una torta.

Su reloj de muñeca emitió un pequeño pitido doble: las doce. Entonces, Harry comenzó a cantarse mentalmente el cuempleaños feliz. Cuando llegó a la parte de soplar las velitas, sufrió un gran sobresalto. Un pequeño destello de luz y chispas, y una niña de unos 12 años estaba sentada a los pies de su cama. Parecía llevar un camisón de dormir largo, sin mangas, y su pelo largo, de color rojizo no dejaba ver bien su rostro.

- Pide un deseo- dijo como si tal cosa
- Ah?-
- Que pidas un deseo- repitió con un dejo de exasperación- cuando se soplan las velitas del cumpleaños, se pide un deseo.

Harry no entendía nada, pero la verdad era que usualmente la gente pedía deseos de cumpleaños. Sin embargo, él no lo hacía desde hacía años y no le parecía momento para empezar, sobre todo cuando su sensación de sueño podía estar jugándole malas pasadas. Después de todo, empezar con alucinaciones a los 16 años no era un buen augurio.

- Escucha- dijo la niña alcabo de un minuto de cavilaciones de Harry- , puedes pedir el deseo de cumpleaños que quieras, y no tengo toda la noche para ti, así que te sugiero que te apresures.
- Pues... – dijo Harry intentando pensar- puedo pedir lo que sea?
- Claro, lo que sea...

Harry sintió un hueco en su estómago cuando se sorprendió a si mismo formulando aquello que más deseaba en ese momento. Sólo lo pensó, pero a la niña pareció bastarle, porque sólo le sonrió y dijo “¡Hecho!” y desapareció tal como había llegado.

Harry se quedó despierto un rato todavía y finalmente el sueño lo venció.

Al despertar, se encontró en una cama que le recordaba algo, pero no sabía qué. Luego una puerta se abrió, y una voz ligeramente familiar se oyó como tratando de hablar bajito

- Ya te despertaste, dormilón?

Seguido a eso, unas hebras de pelo rojizo, y unos ojos que le eran familiarmente verdes se asomaron buscando su cara.

Harry estaba perplejo. Esos ojos se parecían mucho a los suyos, los que a su vez se asemejaban a los de su madre. Harry lo sabía pues tenía algunas fotos de ella durante sus años escolares, regalo de fin de curso de su primer año en Hogwarts. Pero ella estaba muerta. Había muerto cuando Harry tenía poco más de un año, asesinada por el mayor mago tenebroso jamás conocido, Lord Voldemort.

Cuando terminó de caer en la cuenta de lo confundido que estaba, se dio cuenta que esa no era su habitación en casa de los Dursley. En las paredes había póster y fotos de equipos y jugadores de Quidditch (el fútbol del mundo mágico) y gente a la que conocía. En una, le sonreía Sirius Black su padrino; en otra, sus padres; en otra, él mismo una niña de cabello rojizo, quien, para su sorpresa, resultó ser la niña con la que había conversado la noche anterior, y que ya había salido llamando a su madre. Mientras se entretenía mirando aquellas fotos que nunca le habían mostrado y se preguntaba si no continuaría soñando, un ruido lo hizo volverse hacia la puerta de la habitación y vio allí a las dos personas que más hubiera querido ver en un cumpleaños suyo: sus padres. Allí estaban ambos, sonriéndole, y su madre traía una torta con una vela encendida.

Para cuando terminaron de cantar el cumpleaños feliz, Harry tenía los ojos llenos de lágrimas. Luego de soplar las velitas (sin formular ningún deseo), su madre le entregó la torta a la niña de pelo rojizo y se abalanzó sobre él para besarlo y abrazarlo. Lo mismo hizo su padre, y Harry pudo notar, una vez más su asombroso parecido con él. Luego de desearle un muy feliz cuempleaños, le dijeron que se vistiera para bajar a desayunar y recibir a todos los que querrían venir a saludarlo, y lo dejaron solo, con su turabación y al borde de las lágrimas.

Cuando se hubo repuesto un poco, la puerta se abrió de golpe, y la niña entró en su habitación con todo descaro, sentándose a los pies de la cama.

- Te ves confundido- dijo, una vez más, como si tal cosa.
- Ah?-dijo Harry tratando de parecer distraído- Creo que tengo sueño aún- y para remarcarlo, dio un gran bostezo.
- Claro que no, no entiendes nada. Pensé que ya que habías formulado ese deseo, lo tomarías mejor.

Ante la expresión de sorpresa de Harry, la pequeña sólo soltó una carcajada.

- No te preocupes, es tu deseo, sólo tú puedes romperlo. Por cierto, me llamo Susan. Para molestarme me dices “Puff Pigmeo” rojo, a lo que siempre te saco la lengua.

Y como si nada, salió de la habitación, dejando a Harry más confundido que antes, pero inmensamente feliz.